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Llegada a Mesada Grande por casualidad


Llegué a Mesada Grande por casualidad, por la confianza que el viajero le tiene a los encuentros cuando sale a caminar. Salí de Iruya por la mañana sin un rumbo fijo, con la idea de seguir el arroyo, ver hasta donde llegaba. La primera vez que estuve por estos lados creía que Iruya mismo era el fin del mundo. No es fácil llegar pero al menos hay un camino, ahora incluso, con la llegada del turismo dos colectivos por día. Claro, para aquellos atrevidos que se animen subir en ese colectivo viejísimo hasta los 4200 metros del paso que separa las dos cadenas de cerros. Ese fin de semana de octubre fue de fiesta y desde todas las montañas, incluso a días de trayecto, llegaron los paisanos con sus mercaderías. Hacia el oeste la puna árida, hacia el este, hacia donde me dirigía, si uno vuelve a cruzar el cordón, las yungas. Pero no iba a llegar tan lejos esta vez.

Apenas comenzado a andar vi que iba a tener que mojarme si quería seguir. El camino es el lecho del río, un callejón estrecho rodeado de altas montañ''as' intransitable en el verano. Aunque no estaba muy alto el agua llegaba a las rodillas la mayoría del tiempo. En un par de meses la zona hacia donde iba quedaría incomunicada. Flavio, el maestro de la escuela de Mesada Grande, mi anfitrión, me contaría varias historias al respecto. De cómo se salvó en una creciente súbita, de dónde encontraron al cura que en otra oportunidad no tuvo tanta suerte como él y dejó su vida. Historias, historias. No conocía a Flavio por supuesto. Ya casi de noche, mojado y con frío me recibió como un viejo amigo. Pasamos dos días juntos. Me mostró el pueblo (veinte familias), su escuelita (me presentó a sus alumnos en una mañ''ana que nunca voy a olvidar), le saqué fotos a todo el mundo, lo vi jugar al fútbol con una pelotita de trapo en el recreo, subimos por el cerro para ver el atardecer.

Cuando salí de Iruya aquella mañ''ana el sol brillaba orgulloso. Al mediodía, después de cuatro horas de marcha, estaba en Higueras. Fue una sorpresa en estos parajes desolados. Desde lejos vi una especie de oasis. Un manchón verde resaltaba entre los ocres de la montañ''a. Se lo veía al final del camino. Cuando me acerqué vi que Higueras, tan solo algunos ranchitos de adobe a la sombra de los árboles que le dan el nombre, desde lo alto de una elevación de unos trescientos metros, dominaba un cruce de caminos. O un encuentro entre dos arroyos, como quiera llamársele. Río abajo, si se camina un día o dos se llega a la selva, un mundo cálido y exuberante difícil de imaginar en ese paisaje de piedra y plantas con espinas. Río arriba, caminando otros dos o tres días se puede llegar a la frontera con Bolivia. Este último camino es el que decidí tomar. Me dijeron que en unas horas de caminata vería la subida para Mesada Grande. Aquí el callejón se hacía más grande. El río se bifurca en varios brazos arenosos y el paisaje se hace más imponente. Caminé otras cuatro horas y nada me hacia sospechar que alguien podría vivir por aquí. El cielo se llenó de nubes y ya no veía los techos de las montañ''as. En breve, me había perdido. Sabía que tenía que encontrar un sendero que después de una hora, como me prometieron, me llevaría a la mesada. El pueblo tiene ese nombre porque es una especie de terraza, apta para la agricultura y con el suficiente espacio, para una cancha de fútbol. Este camino de cuatro horas de ida es el que camina la gente de Higueras los domingos que hay partido. Con este trayecto por hacer no se puede decir que no cuenten con desventaja. Así y todo, sin protestar, jugaran el partido, la revancha y si hay ocasión el bueno, como se llama en toda la Argentina al tercer partido que define todo. Eso me lo contaría también Flavio. Pero todavía me falta para llegar, perdido como estoy en la montañ''a y sin saber como encontrar el sendero que me suba a Mesada Grande.



© Andreas Matt

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